Los fabricantes de automóviles han empezado la carrera más importante de los últimos 50 años, la que otorgará mayor gloria al primero en llegar. ¿Quién encontrará la mejor solución para prescindir del petróleo? La necesidad de buscar una alternativa a los carburantes procedentes de residuos fósiles (gasolina o gasóleo) se acrecenta a marchas forzadas y será insalvable dentro de 20 ó 30 años, cuando el oro negro de fácil acceso empiece a escasear, antes de agotarse, algo que, según estimaciones de la compañía petrolera Shell ocurrirá hacia el año 2040.
A partir de esa fecha, el petroleo restante se tendrá que extraer de forma no convencional (minería), lo que supondrá que el precio del barril se multiplique, como mínimo, por cuatro. Como consecuencia de los altos costes que esto supondría para la industria de la automoción y sobre todo, para los particulares, las marcas están invirtiendo miles de millones de pesetas en dar con la clave, con esa mecánica del mañana que necesitará otra fuente de energía más barata y, como no, más limpia.Las pilas de combustible.

En esa batalla por conseguir la verdadera energía verde que pueda dar resultados iguales o mejores a los de los motores de combustión convencionales y, lo más importante, que pueda ser aplicable a la vida real, hay una sustancia que centra todas las miradas. Se trata del átomo más pequeño del universo, un elemento que abunda en la tierra: el hidrógeno. La idea de este gas como combustible no es nueva, aunque hasta hace poco más de una década, su uso había sido considerado inaccesible y exótico, reestringido solamente al uso de motores espaciales. Pero su verdadera aplicación en el transporte ha sido allanada por otro descubrimiento paralelo: la pila de combustible, una batería, que con la ayuda del hidrógeno, genera electricidad de forma constante, sin necesidad de suministro exterior. Esto supera los principales obstáculos que tenían los motores eléctricos aplicados a la automoción, su pobre autonomía (entre 100 y 150 km) y el hecho de necesitar unas cuatro horas para recargarse.

En otras palabras, el que tiene más posibilidades de ser el coche del futuro funciona con un motor alimentado por una pila de combustión que, a su vez, genera electricidad constantemente por la reacción del oxígeno del aire con el hidrógeno almacenado en un depósito. Esta reacción genera agua, que se utiliza para refrigerar la pila. La energía liberada se utiliza para alimentar los motores eléctricos que mueven el vehículo. Esto presenta un gran ahorro frente a los motores de cosmbustión interna, que queman combustible para obtener energía: calor que se transforma en un movimiento vertical (pistones) que luego ha de transformarse en longitudinal (cigüeñal), antes de pasar por la caja de cambios, camino de las ruedas.
Además, gran parte de esta energía se pierde, en las plantas motrices tradicionales, en forma de calor disipado por el circuito de refrigeración, y en rozamientos parásitos de las diversas partes móviles (válvulas, pistones, bielas, cigüeñal, palieres, etcétera). Frente a este proceso, las pilas de energía obtienen energía eléctrica en un solo paso. Sin embargo, los mayores problemas que se plantean a los fabricantes son: cómo conseguir el hidrógeno y su almacenamiento dentro del vehículo. Es en ese punto donde difieren las investigaciones.
Entre las ventajas del uso del Nitrógeno se tiene mejoras en el tiempo de vida del neumático, evitando los efectos adversos de la oxidación.Además, el paso del oxígeno y humedad a través del neumático incrementa la tasa de fallas dada la degradación de la goma y corrosión de las bandas de acero.
Un incremento de la economía de combustible, por un mayor tiempo de retención del inflado de neumáticos, ya que las moléculas de nitrógeno
difunden mucho más lentamente que las de oxígeno, por lo que mantienen las presiones de inflado por más tiempo; junto a esto, el nitrógeno por ser completamente seco evita la oxidación de las llantas.
El objetivo principal de esta innovación es evitar la presencia de oxígeno dentro del neumático. Pero, ¿por qué? El aire está compuesto por un 78% de nitrógeno frente a un 21% de oxígeno. Según distintas medidas experimentales, la pérdida de presión de aire en un neumático convencional oscila en torno a 2 psi por mes. Esta pérdida de presión es debida a que el oxígeno existente en el interior del neumático oxida la parte encargada de asegurar la estanqueidad (revestimiento de goma interior), haciendo el caucho permeable al oxigeno. La pérdida de presión en el neumático conlleva un aumento de la temperatura del mismo en rodadura, que acelera la oxidación que tiene lugar en el interior de la rueda. Además, aumenta el rozamiento de rodadura, acelerando el desgate del neumático y aumentando el consumo del vehículo.
Para evitar estos problemas, se infla el neumático exclusivamente con nitrógeno, evitando la presencia de oxígeno. Entre las ventajas que aporta el nitrógeno se encuentra:
el menor desgaste del neumático (se han realizado pruebas en las que se ha rodado un 25% de km más con los neumáticos inflados con nitrogeno frente a los inflados con aire)
un ahorro de combustible.
y además, el nitrógeno no es inflamable, por lo que aumenta la seguridad del vehículo.

Sólo cabe plantearse si realmente es necesario inflar los neumáticos con nitrógeno, o es suficiente con comprobar la presión de los mismos de vez en cuando, para asegurarse que está entre valores óptimos.
